La primera vez que fui a Chusmiza fue uno de mis primeros viajes “independientes” hace unos cinco años. Con esto me refiero a que partíamos en el jeep mi mamá, mi hermana, mi hija y yo manejando, con el único objetivo de explorar (puramente sarañ puriña, es decir “ir y venir” en aymara, lo que hacen los viajeros). Queriendo ser una viajera responsable, y considerando mis pasajeras, pasé a los carabineros de Huara para preguntar sobre la distancia, la altura, el estado del camino, etc.; era verano, las nubes negras y probablemente estaba bajando agua. Muy inocente y confiada le pregunté al carabinero de Huara por el estado del camino a Chusmiza, me miró con cara de pregunta, y acto seguido llamó por radio al retén de Mamiña. Muy primeriza habré sido, pero Mamiña debe estar a unos 100 km. como mínimo en línea recta, en otra comuna, en otra quebrada, en fin, ahí aprendí que preguntar sirve, pero depende a quién…
Son 75 km desde Huara hasta el cruce para entrar a Chusmiza, que se encuentra a 3.200 metros sobre el nivel del mar. La llegada es hermosa, en el camino se cruzan guanacos y empieza a aparecer la típica vegetación que se encuentra sobre los 2.500 msnm, es decir, esas pequeñas florcitas rojas y amarillas al borde del camino y las rocas se tiñen de verdes mezcladas con algunos arbustos y cactus. Chusmiza se divide en dos, al parecer una parte antigua y una moderna, la antigua se encuentra en el costado norte del valle y al seguir por la quebrada hacia el poniente se pueden encontrar algunas construcciones prehispánicas. En el sector moderno hay casas, plantaciones y las instalaciones del agua mineral “Chusmiza”, que ya no está en funcionamiento por un pleito legal por los derechos del agua, dicen que pronto se resolverá, y que la planta de agua mineral y las instalaciones de las termas podrán funcionar nuevamente. Por supuesto hay una iglesia, que no tiene las mismas características de los otros pueblos cercanos, es de líneas muy simples, blanca con una franja azul en la parte inferior, sin adorno alguno y con un par de campañas colgando de unos postes bastante “desgraciados” (entiéndase desgraciados porque no tienen mucha gracia). No faltaron los perros tipo “Chusmizos” o “Chusmiza Highland Terrier”. Afortunadamente han instalado letreros indicando “petroglifos 3 km” y “termas” con una flecha. En todo caso un saludo y la consulta pertinente a los locales nunca está de más.
A esa altura el cielo se tornaba cada vez más gris oscuro, amenazador y se veía como en las altas cumbres disfrutaban de una deliciosa tormenta altiplánica. Llegamos a las termas siguiendo el camino que sube por la iglesia, camino muy angosto, pasamos por una piscina a mano izquierda y seguimos hasta que cruzamos una reja: “PROHIBIDO EL PASO, PROPIEDAD PRIVADA”, pero pasamos porque íbamos con la “autorización” del único humano que apareció en el pueblo, ahí se acaba el camino.
Extraño lugar era ese sin duda, construcciones contemporáneas abandonadas, algunas puertas cerradas con candado, otras abiertas que llevan a habitaciones que tienen hasta tinas de baño termales roñosas y muy sucias. Siguiendo el camino a pie y en una quebrada cada vez más cerrada nos encontramos con una cueva natural donde llegan las aguas termales, muy azufrosas y a punto de hervir. Al lado una pequeña piscina pegada al cerro con una reja de techo para que no caigan las rocas de posibles derrumbes. El cielo estaba cada vez más negro pero ahora acompañado de una sinfonía de truenos con algunas notas de agua muy helada. Los truenos y la lluvia no impidieron que entráramos a estas aguas que parecían venir desde el mismo infierno, después de un rato no hay otra palabra para describir la sensación, una delicia. En el borde de la mini piscina había restos de velas, definitivamente experiencia pendiente: pasar la noche en el agua a la luz de las velas.
Siguiendo hacia el oriente existe un lugar supuestamente habilitado para camping junto a restos de construcciones ancestrales, al frente, algunos collcas o lugares de acopio empotrados en los cerros.
En una segunda visita hace pocas semanas ya no había truenos ni lluvia, sino sol y más gente, una familia de Calama y una abuela con su nieto, ella local de Chusmiza pero que vive en Iquique hace años. Muy simpática y conversadora, me contó lo del pleito por los derechos de las aguas, que esto ha perjudicado mucho a la población ya que disminuyeron los puestos de trabajo, las familias emigraron a Iquique y en la escuela sólo quedan cinco alumnos, todos de pueblos cercanos a Chusmiza. Además me contó que las aguas termales son especiales para dolencias de huesos, articulaciones y de la piel y que incluso la curaron de una rodilla.
Entre conversaciones con la abuela de Chusmiza y la gente de Calama pasamos horas en el lugar, entrando y saliendo del agua, que es tan caliente que no conviene quedarse mucho tiempo y que inmediatamente después de salirse hay que abrigarse para conservar el calor (y de verdad se conserva hasta la noche…)














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